Los focos
del plató eran realmente molestos. La maquilladora volvió a quitarle el brillo
de la frente, mientras una chica extremadamente joven no dejaba de recordarle
que bajo ningún concepto se pusiera de pie junto al presentador, que no medía
más de metro sesenta y a su lado parecería un llavero. A renglón seguido se
reía de forma exagerada, se quedaba callada con la vista perdida, como tratando
de recordar algo, y al cabo de un rato volvía a repetir que bajo ningún
concepto se pusiera de pie al lado del presentador, que a su lado…Esto no ha
sido buena idea, volvió a pensar. Se giró y, entre el público, vio a su mujer y
a sus hijas. La productora había exigido que estuvieran presentes. En realidad
no lo había exigido, todo había sido mucho más sutil: el precio era uno sin su
familia en el público, se multiplicaba por 2 si estaba su mujer, y se
multiplicaba por 5 si estaban también las niñas. Y a fin de cuentas todo esto
era por dinero, si no tuviera necesidad, de qué se hubiera metido en este
berenjenal. Suspiró y cerró los ojos.
Después de aquella
noche de hacía ya 20 años, las cosas habían ido de mal en peor: le echaron de
su trabajo casi de inmediato y el repudio social le fue aislando, pasaba el día
bebiendo y metiéndose en líos, solo lo peor de lo peor le acogió como uno de
los suyos. De hecho, la escoria de la ciudad le reverenciaba, y no le costó
apenas liderar un grupito que sobrevivía dando palizas, desalojando casas
ocupadas y revendiendo entradas en nombre de los ultras del Sevilla, F.C. El
colmo fue cuando aquel partido político, nuevo por entonces, le propuso ir como
número 3 de las listas por Sevilla en las municipales de 2023. Necesitamos a
alguien que represente la opresión del hombre por parte de las feministas
radicales, alguien que haya sido acusado injustamente, como tú, y cuya vida se
hubiera ido al garete de no ser por gente como nosotros. El colmo no fue ese,
en realidad, el colmo fue que saliera elegido, y que ocupara la concejalía de
igualdad durante 3 años. Pero la mona aunque se vista de seda…Seguía siendo un
desastre, seguía estando completamente roto por dentro, y ahora además tenía
dinero y cierta sensación de invulnerabilidad. La cocaína se convirtió en algo
cotidiano, rara era la rueda de prensa en la que no aparecía con los ojos rojos
y el discurso encendido, para recordarles a todos que la amenaza feminista estaba
ahí, acechando, que había cientos, miles de padres divorciados que no podían
ver ni un solo día a sus hijos porque esas madres dictadoras se lo impedían. En
alguna ocasión ha vuelto a ver aquellas ruedas de prensa y se le cae la cara de
vergüenza, qué barbaridades, qué indecencia, qué imbécil…Le encantaría poder
borrarlas todas, aniquilar la posibilidad de que en algún momento sus hijas las
pudieran ver. Sabe que no es posible, pero confía en que la educación y el
cariño con el que las han criado sirva para que las niñas no reconozcan en su
padre al hombre desencajado y furibundo que salía escupiendo falsedades en la televisión
pública andaluza. Cuando llega a este punto, siempre se pregunta maravillado
cómo pudo Kristine fijarse en semejante engendro, cómo pudo ver que allí había
más de lo que aparentemente había.
Kristine era
noruega, quería escapar de sus frías tierras natales y de un divorcio gélido, y
no había nada más opuesto a aquellos paisajes helados y a aquellas gentes desoladoras
y herméticas, que Sevilla. Kristine metió toda la ropa que tenía apropiada para
un clima como el sevillano en una mochila grande, y con ese equipaje, como una
estudiante universitaria haciendo el interrail, se presentó un 16 de marzo en
Sevilla. La adaptación fue muy sencilla, pronto encontró trabajo como guía
turísitica para nórdicos despistados y todos los días tenía propuestas y planes
para conocer la ciudad, visitar una exposición o, simplemente, sentarse en una
terraza a tapear y ver pasar las horas entre risas. Una tarde, le convocaron a
una manifestación contra el misógino concejal de igualdad, que además había
sido condenado por violación comunal a una mujer en las fiestas de Pamplona
unos años atrás. Le iban a tirar huevos y harina en el acto de apertura del
primer y polémico centro de España de atención al hombre maltratado por
violencia de género. Cuando llegaron, sin saber por qué, ella, que había sido
feminista radical toda la vida, no fue capaz de tirarle nada: aun antes de que
le atacaran, lo único que podía ver era a alguien totalmente indefenso, un niño
asustado, un pobre hombre que estaba atrapado en una vida que no quería vivir.
No hay forma de definirlo sin usar la palabra flechazo. Se enamoró. La vikinga
perdiendo los papeles por el troglodita español que menospreciaba a las
mujeres. Cómo hizo para conocerle, vencer su resistencia inicial y seducirle,
es una historia que merece mención aparte, y que quizás algún día,
probablemente también con focos y dinero de por medio, cuenten juntos. El caso
es que le fue cambiando poco a poco, haciendo que se sintiera más y más
incómodo con su papel en el ayuntamiento y con sus compañías habituales, hasta
que él solito fue dejándolas atrás y renegando de su pasado. Solo entonces
accedió a tener hijos con él. Carlota, y Carmen llegaron con un año de
diferencia una de otra, y acabaron de darle por completo la vuelta a su vida:
ya solo había un padre abnegado, un padre cariñoso llevando a sus niñas a la
guardería, al colegio, un marido respetuoso y atento.
Pero se
produjo un hecho curioso: ni unos ni otros entendieron este cambio. Se quedó en
tierra de nadie: para sus antiguos compañeros de partido era ahora el peor
enemigo, y la sociedad, que no acababa de creérselo, nunca le acabó de aceptar.
No encontró trabajo, fueron viviendo como pudieron del sueldo de ella, y poco a
poco las estreches económicas empezaron a angustiarles. Y así era como habían
terminado en el programa, a pesar de la estoica resistencia de Kristine, el
pragmatismo de él había acabado por imponerse. Necesitamos el dinero, Kristine,
y esto nos resuelve los próximos 5 años…Pero no, no había sido una buena idea.
El volumen de la música ambiente iba aumentando, indicando que se acercaba el
comienzo del programa, el presentador, ataviado con pantalón negro y camiseta
blanca de rayas, se colocó en medio del escenario, que simulaba un ring. Él
estaba sentado en un taburete en una esquina y ella entraría de un momento por
la otra. La música subió hasta niveles ensordecedores y, en medio de una bruma
artificial, apareció ella. Tan distinta pero aún reconocible. Se le notaba tan
asustada como él, o más, y necesitó la ayuda del presentador para subir a su
extremo del ring. La música paró de pronto y quedaron los dos frente a frente,
a punto de empezar el programa. Se giró para intentar ver a su familia pero la
niebla y el público en pie gritándole no le dejaron ver nada. Miró a la que
había sido su víctima y se dio cuenta de que los dos estaban llorando. No, definitivamente,
aquello no había sido una buena idea.
No hay comentarios:
Publicar un comentario